miércoles, 25 de mayo de 2011

Capítulo x

El Fénix se alza sobre las cabezas de los enemigos.
         La voz de la joven, sensual y peligrosa, resonaba por el aire acompañado de la suave brisa del Nilo. Se materializaba en una y otra parte dejando a su paso una columna de humo, era imposible de atacar, los enemigos solo podían mirar.  
         -Bien, acabemos con esto, ¿Estáis de acuerdo?- Dijo la voz de la chica, que se tele transportó en las espaldas de los guardias, y con, un solo gesto de brazo, una onda expansiva los lanzo a todo por los aires. Los hombres se incorporaron y huyeron por entre los arbustos.
         La mujer se acerco a Inaya y a Kahina y las ayudó a ponerse en pie, a continuación dijo:
         -¿Hacia dónde os dirigíais?
         -Huíamos de Egipto, Inaya- dijo Kahina señalando a su compañera- mató al Faraón para salvarme, ahora su marido será el faraón.
         -Pues ahora os guste o no vuestro lugar está a mi lado. Nuestro deber es encontrar a las 5 Guardianas y despertar a La Madre Naturaleza, el mundo está consumiéndose poco a poco, y un gran mal se está apoderando de ese debilitamiento para hacerse con todo el poder en la Tierra.

miércoles, 13 de abril de 2011

Significados

Nombres de Ojos de Agua
Inaya: Origen egipcio, Preocupación, solicitud.
Hamza: León; nombre del tío del Profeta.
Firas: Origen egipcio, perspicaz.
Ratteht: Nombre inventado, morfema Ra, designa al dios solar de la mitología egipcia.
Asenath: Origen hebreo basado en unos fonemas antiguos egipcios.
Kahina: Origen Africano (sin especificar). Princesa guerrera.

Nombres cogidos de la siguiente web: (excepto los inventados)
http://cleoppatra.com/category/nombres-egipcios/

miércoles, 30 de marzo de 2011

Capítulo IX

La joven del Fuego.

         Kahina encontró a Inaya revolviéndose en el suelo del dolor mientras las llamas que se habían apoderado de su cuerpo se consumían muy lentamente. Extendió las manos hacia la herida y sin rozarla, Kahina fue lentamente insuflando vida a las células de Inaya que rápidamente se fueron regenerando. Las consecuencias de utilizar ese gran poder que le  habían concedido, fue haciendo mella en su alma y en su cuerpo. Un sudor frío recorrió el cuello y la frente de la muchacha, mientras su amiga, ya sin llamas en su cuerpo, mientras que su cuerpo en carne viva se iba curando.
         Demasiado para una joven, Kahina se derrumbo al lado de Inaya, su fuerza mágica había desaparecido casi por completo, e Inaya aun no estaba curada, en su cuerpo de diosa había quedado una parte del brazo derecho con una gran cicatriz.
         El ruido de pisadas cercanas despertó a Kahina. La joven aun exhausta se incorporo y se alzo por encima de los setos que las tapaban de las miradas enemigas. Eran generales de Faraón, ya le habrían descubierto, y tal vez a esa hora ya hubieran matado también a los hijos de Inaya. ¿Qué hora es?, se preguntó Kahina, y alzo la mirada al cielo, el sol se encontraba encima de ellas. ¿Cuánto habrían dormido?
         -Inaya, despierta por favor, tenemos que partir, despierta- Kahina toco el brazo a Inaya y esta se encogió de dolor pero no abrió los ojos en ningún momento.
         La joven preocupada giro la cabeza para mirar si había enemigos a la vista. La muchacha soltó un grito que advirtió a todos los soldados de su presencia, una cobra negra la estaba mirando fijamente.
         Sin previo aviso el sol desaparece, extrañada Kahina alza la vista y ve un futuro muy negro, los hombres del Faraón las rodea y la víbora aun sigue sacando su bífida lengua advirtiendo de un ataque próximo.
         -Levantad- dice un hombre alto y con una gran cicatriz en el torso, parecía el capitán del escuadrón que tenía  delante. Kahina hace intento de levantarse, pero la serpiente la bufa y vuelve a sacar la lengua. Está entre la espada y la pared, o mejor dicho contra todo un ejército y una víbora negra egipcia.
         -¡¡Levanta!!-Dice el hombre. Kahina se dispone a levantarse en el momento en el que la serpiente se abalanza contra su rostro con la mandíbula desencajada y los colmillos segregando veneno. Sin previo aviso la serpiente arde y cae a la hierba retorciéndose.
         Los hombres se asombran al ver esto, y a la vez se asustan.
         -Levanta, rápido, y como se te ocurra utilizar tus poderes de…
         -Eh, chicos, ¿Decíais algo sobre… poderes?-Los hombres giraron la cabeza, detrás de ellos se encontraba una mas o menso de la misma edad que Inaya, e igual de bella que Inaya, sus facciones asiáticas arabescas la concedían una belleza lujuriosa y amenazante.
         -Cogerme si podéis- La joven sin nombre se envolvió en llamas y desapareció dejando una columna de humo blanco que al rato desapareció.

lunes, 21 de febrero de 2011

Capítulo VIII

Kahina y la Diosa de la Tierra.

         -Por fin os encontré, ¡¡Brujas!!- el hombre de negro se bajo la tela que le cubría el rostro, y de sus entrañas salió una gran llamarada de fuego. Rápidamente, una figura esbelta y bella se interpuso entre el fuego y la muchacha. Era Inaya que con un movimiento de mano repelió el fuego de su enemigo.
         La mano de Inaya refulgía con un intenso brillo, como cuando el sol de la mañana sale y se refleja en el hielo de la noche pasada.
         -Inaya… ¿cómo has hecho eso?- dice Kahina titubeando.
         -No lo sé, simplemente actué por intu… in…-sus ojos cambiaron drásticamente en cuestión de segundos, la piel se volvió grisácea y en  un instante se abalanzó contra el enemigo con un alarido de furia.
         El hombre casi sin tiempo de reaccionar rodó por el suelo, y del bolsillo sacó una especie de cuchillos que los lanzo contra Inaya, pero esta los repelió con la misma facilidad que el fuego de antes, de la mano se desprendió escarcha e Inaya se miró con curiosidad. Con voz gutural y casi de ultratumba se dirigió al hombre.
                   -¿Quién eres?, hombre.- dijo con desprecio. La figura desfigurada de lo que sería un rostro se movió y dijo:
                  -Yo no soy nadie, solo un peón en este gran juego, pero mi adorado líder se llama Hamdan, El Alabado, recordadlo, y ahora, ¡¡os matare!!
-Haz que el fuego del corazón en su cuerpo arda sin compasión.
         Una llama salió espontáneamente del hombro de Inaya, con tal fuerza que la lanzo hacia los arbustos. El hombre se dirigió hacia Kahina, que tenia un ojo de un tono marrón claro y el otro de un verde hiedra, que hacia que su rostro fuera magnífico. Detrás, entre los arbustos una columna de humo se veía a través de la oscuridad mientras los gritos de dolor de Inaya se metían en los odios de Kahina quien ya no lo podía soportar.
-Diosa de la Tierra, dame tú poder.
         Al decir estas palabras salió corriendo en busca de su amiga, el hombre volvió a lanzar su aliento flamígero contra Kahina, pero detrás de ella se alzó una alta pared de barro y hierba mientras seguía corriendo sin parar.
         El hombre incansable seguía lanzando sus ataques mientras que Kahina los repudiaba continuamente. Un sudor frió caí de la frente de la muchacha, rápidamente salto, se giró hacia atrás, alzo los brazos haciendo retumbar el suelo, al bajarlos, un gran número de rocas cayó sobre el hombre.
Kahina aliviada corrió hacia Inaya.

jueves, 3 de febrero de 2011

Capítulo VII

                Utiliza nuestro poder, Kahina.

         Después de ver a sus hijos por última vez, Inaya recorrió otro pasillo y entró en su habitación. << Había tenido mucha serte, el Príncipe Hakem no se encontraba allí, seguramente estaría con su gran concubina Miu, y con la que tantas y tantas veces compartí lecho, junto con mi esposo >>
         Se dirigió hacia la cama de matrimonio que tan malos recuerdos la evocaba, con mucho esfuerzo la desplazo hacia un lado, bajo esta se encontraba un sueldo baldosado.  Dibujos geométricos decoraban aquellas losas del suelo, excepto una, esa que Inaya, una mañana de verano descubrió, y se adentro en el interior de Egipto. Con cuidado levanta la baldosa y baja por el estrecho y angosto agujero.

Mientras tanto, en el campo de los amados…
Kahina estaba sentada en la fría hierva bañada por el suave roció de madrugada, con gran nerviosismo arrancaba grandes puñados de hierba del suelo, para después lanzarlos al aire y lentamente decir unas dóciles palabras.
Aere meum Deus meus, vocem meam vitae meae
(Mi aire mi dios, mi vida mi voz.)
         Lentamente las briznas de hierba se fueron elevando acompasada mente, primero a la derecha luego a la izquierda, dieron una vuelta y siguieron con su juego, parecían una par de hadillas traviesas revoloteando de aquí para allá.
         Unos metros más allá donde Kahina se encontraba, un ser en sombra apareció tras los setos salvajes. Vestía ropajes negros que le cubrían todo el cuerpo, y solo le dejaban ver unos intensos ojos dorados, sus manos acabadas en unas largas uñas se tensaban alrededor de dos artilugios que refulgían odio.
         Automáticamente los pequeños trozos de hierba pararon de revolotear para acabar cayendo contra la orilla del Nilo.
         -Por fin os he encontrado- dijo el hombre tras la oscura tela, mirando fijamente a los trozos de hierba camuflados tras miles de brotes similares. La imagen de la hierba con dos pequeñas flores blancas y puras, se reflejaban en los ojos vacios y sin vida de aquel ser.
        

jueves, 13 de enero de 2011

Capítulo VI


Huida.


Inaya y Kahina se movían rápidamente por los pasillos de palacio, corriendo y sin aliento,  Inaya pensó en algo que la hizo parar <<sus hijos>>, y de inmediato se quedo parada. Un escalofrió le subió desde los pies hasta el cuello al pensar en que podrían hacer a sus hijos por su culpa. Inaya se giro y se dispuso a salir corriendo en busca de sus hijos, pero una mano le agarró.
            -Déjame ir Kahina, tengo que salvarlos, ¡¡los mataran!!-  dijo Inaya llorando.
         -A las únicas que nos mataran serán a nosotras. Por favor vámonos de aquí.
         -Necesito verlos por última vez… por favor- Kahina asintió con la cabeza.
         -Gracias. Nos veremos en campo de los amados. Te diré como llegar. Sigue todo este pasillo recto, y gira a la derecha, saldrás al campo de armas, crúzalo y sal del palacio todo recto, adéntrate en el barrio pobre y dirígete hacia la luna, síguela hasta que llegues al Gran Rio, allí nos encontraremos. Suerte- Inaya salió corriendo adentrándose en las oscuras dependencias del castillo.
         <<no puedo parar, aunque me estalle el corazón y los pulmones me ardan, debo asegurarme de que mis hijos estén bien>> ese pensamiento resonaba en la cabeza de Inaya, convirtiéndola en una autómata que solo pararía de correr al llegar a su destino.
         Sus dos hijos estaban durmiendo plácidamente, Inaya entro en el cuarto de sus hijos, pensó en llevárselos con ella, pero recapacitó; en el palacio vivirían  llenos de riquezas y no pasarías hambre. Los beso tiernamente en la frente y se fue llorando, recordó la despedida con su familia, y el regalo que su adre la hizo. Y recordó: “Ábrelo cuando llegue el momento, en que estés en peligro” tal vez ahora estuviera en peligro, y tuviera que utilizarlo para salvar la vida de aquellas personas que ella más quería.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Capítulo V


                 La habitación del Faraón

Por los pasillos de Palacio se dibujaban miles de huellas mojadas, que delataban el trayecto de Inaya.
         Se dirigía sigilosamente e imperturbable hacia los aposentos del Faraón.
         Varios guardias, yacían inconscientes en el pasillo, Inaya se había convertido en una fuerza imparable, insuflada  por la ira y el odio hacia su Faraón.
         Dos hombres armados y bien ataviados se imponían delante de la puerta de la habitación del Faraón.
         -¿Princesa Inaya?- pregunto uno de los guardias.
         Por contestación obtuvieron un gutural bufido. Inaya alzó el brazo derecho hacia delante, y cerró el puño.
         Lentamente los dos hombres se fueron arrugando hasta el punto de quedar total mente secos, y bajo los cadáveres de aquellos dos guardias había un gran charco de agua, el agua que contenían  sus cuerpos, ahora sin vida.
         Inaya entró en la habitación del Faraón,  le encontró intentando violar a una pobre sirvienta, esta a diferencia de Inaya no tenía el valor suficiente, o visto desde un lado más cierto, esta mujer tubo la prudencia de no plantarle cara, puesto que la encerrarían, o algo peor, la matarían.
Inaya se quedó observando aquella escena, el charco de agua empezó a hervir, torció la cabeza y se quedó observando al Faraón, que la miraba con ojos asustados.
-Tu… pensaba que estabas muerta- dijo el Faraón con voz aterrorizada.
-Pues te equivocaste.
-¿Qué te ha pasado? ¿A qué viene esa apariencia?
- Vas a morir- dijo Inaya lentamente y sin titubear.
         El faraón se puso de pie, y sacó del cinto el cuchillo. Se abalanzó contra Inaya y esta le dio con el brazo en la cara, el faraón se desplomó contra una pared, la habitación retumbó.
         -¿Me va a matar?- preguntó la mujer a Inaya. Esta movió la cabeza hacia la puerta, en señal de que se podía marchar. La mujer se levantó, y salió corriendo por la puerta. Inaya se dirigió de nuevo hacia el Faraón. Este tenía un hilo de sangre en el labio.
         En los ojos de la cambiada Inaya no había nada,  solo un brillo de ira y rabia. Se acerco al Faraón, y le dio una patada, Inaya cogió el propio cuchillo del Faraón, y se lo acerco al cuello, lo hundió suavemente en la piel de este, empezó a brotar un poco de sangre.
         Inaya sacudió la cabeza, el color grisáceo, fue reculando en su piel hasta llegar a sus ojos, a la vez que estos se iban normalizando, y su pelo pasaba de azulado a negro. Inaya  dejo de hacer presión con el cuchillo, se levantó desorientada. La ira de sus ojos se había tornado a matices de dolor y  miedo. Los dos se quedaron inmóviles en sus sitios.
         Inaya giró la cabeza,  intentando seguir unos ruidos, se dio cuenta de que provenían de una especie de armario, fue hacia él y lo abrió.
          Se encontró con una niña desnuda maniatada, con moratones por todo el cuerpo, y sangre hasta en partes del cuerpo inimaginables, la niña lloraba desconsoladamente. A Inaya se le partió el corazón, se vio a ella misma hace unos cuantos años, en el reflejo de los ojos de la muchacha, unas lágrimas cayeron de los ojos de Inaya, cerró fuertemente los ojos, la ardían, la quemaban, las lagrimas ya no eran de agua para ella, eran de ácido, un ácido provocado por el hombre asqueroso, que se hallaba tirado en el suelo como una alimaña, Inaya se canso de llorar, y se dirigió al faraón.
         -Ya no podrás abusar de una sola chica más, desgraciado- Inaya, después de pronunciar estas palabras le acuchillo en el corazón, un grito ahogado salió de la garganta del faraón.
Inaya cortó las cuerdas de la niña.
         -Vamos, tienes que venir con migo- pero a niña se negaba, solo  podía llorar.
         -¿Esta… muerto?- pregunto la niña, Inaya bajo la cabeza en señal de afirmación. La tendió la mano, y la pequeña se la cogió, las dos se disponían a salir por la puerta.
         -Espera… eres una… - dijo una voz detrás de ellas, era el faraón aun no estaba muerto, un acto reflejo de Inaya la impulsó a lanzar el cuchillo, que acabó clavado en la pared, junto con el cuerpo del faraón.



sábado, 20 de noviembre de 2010

Capítulo IV

Algo despierta en Inaya.
El Faraón va ejerciendo menos presión en mi cuello a medida que mi cuerpo pierde toda la fuerza, y paro de oponerle resistencia.
Todo se oscurece. No, no puede ser…
El faraón se levanta, sale de la piscina completamente empapado, coge un gran jarrón lleno de pétalos de rosas, y esparce el contenido por toda la “piscina”  deposita el jarrón en el suelo y se marcha por donde había entrado, dando la espalda a la piscina y al cadáver de Inaya. Desaparece por la puerta.
Todo en aquella habitación queda estático, como si nada hubiera pasado.
Un gran manto de pétalos de rosa impedían la vista del fondo de la “piscina” donde se encontraba el cuerpo  sin vida de Inaya.
Una oscilación entre los pétalos indica movimiento en las aguas.
Algo se mueve, algo parecido a Inaya emerge, era ella, pero su aspecto estaba totalmente cambiado, su piel ya no era morena si no que tenía un aspecto grisáceo casi azulado, el pelo también era de un color azul pálido y el otro cambio eran sus ojos, con el iris felino sumergido en aguas azules .



Su hermosura seguía ahí, pero su humanidad no.



sábado, 13 de noviembre de 2010

Capítulo III

Noches de dolor.

        Después de acostar a los dos niños, me dirijo hacia los baños, allí me espera un cálido y relajante baño entre pétalos de rosa. Recorro los pasillos sin ningún impedimento.
         En la habitación  se halla  un gran cuadrado lleno de agua echando un humo relajante, con olor a rosas. Cuando llegué allí había cuatro mujeres, que me quitaron la ropa, la doblaron y la dejaron doblada en el borde de aquella “piscina” inmensa, enfrente de donde yo estoy.
         Lentamente mi cuerpo se relaja de nuevo, y vuelvo a pensar en mi familia, hago salir a las cuatro muchachas. Estoy sola.
Me quedo dormida.
         La baja temperatura del agua ya tibia me despierta. Escucho voces a través de la puerta. ¡¡ Mierda, no puede ser!! Precipitada, salgo corriendo desnuda de la “piscina”, para coger mi ropa, en ese momento el Faraón abre la puerta.
         -Ah¡¡¡ Hay estas!!!
         -No, déjame en paz-  me pongo la fina vestidura de lino, delante de mi cuerpo para protegerme. Despacio el agua va calando la ropa, y  la figura de mis pechos, de mi abdomen y de mis piernas se van dibujando  a traes de esa fina capa de tela blanca.
         El Faraón se abalanza sobre mi, los dos caemos al suelo, me tapa la boca para que no grite, el está muy excitado, y cuanto más me resista se pondrá más aun. Pero no me dejare, no.
         Le muerdo la mano, hace una pequeña exclamación de dolor y a continuación ríe.
         -¿Eso es lo único que vas a hacerme? ¿Quieres que te diga lo que me puedes morder?- vuelve a reír.
         -Me das asco-Le propino un fuerte codazo en la nariz, un gran hilo de sangre emana de su nariz.
-¡¡Zorra!!- me agarra de mi cabellera, para hacerme levantar y coge un cuchillo de su cinturón-¿te crees importante por ser hermosa? ¿Veremos que harás sin esa hermosura?- me acerca el cuchillo a la cara, mil y una vez me ha amenazado con rajarme la cara ya que su intelecto no daba para más.
 Vuelve a reír, esta vez una estruendosa voz sale de su boca, parece como si estuviera poseído, pero solamente está bebido. El cobre del cuchillo roza mi piel haciéndome un arañazo.
         Sin saber el motivo, una lágrima se resbala por mi mejilla. Él lo toma como un signo de debilidad y rendición, yo lo tomo como un punto y final.
         Le escupí en el ojo, me empujo hacia el agua y me caí. Andando lo más rápido posible para salir de allí, resbalo, caigo y me sumerjo en el agua, pero nada me impide cruzar la piscina hasta el otro lado.
Rápidamente el Faraón rodea la piscina y se tira a ella, viene velozmente hacia mí, son la sangre de la nariz aun brotándole.
         -¡¡¡Eres una perra, si tu esposo no te sabe domar, lo hare yo, las mujeres no valéis nada!!!- aquellas palabras hicieron emerger  una chispa que me hizo reaccionar.
         -¿Qué has dicho?
         -Jajaja, ¿te atreves a retarme?- viene corriendo hacia a mí, yo comienzo la carrera hacia la orilla. Pero el más veloz, me engancha por la cintura y me sumerge en el agua, me agarra del cuello.
 No puedo respirar, ¿esto es el final...?

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Capítulo II

Una madre excelente.
-¡¡Mami, mami!! –los dos niños se acercan corriendo y gritando hacia mí, yo me agacho para abrazarlos, aun con unas cuantas lágrimas ennegrecidas por la pintura que yacía corrida debajo de mis ojos, y también en el dorso de mi mano, con el cual anteriormente me seque las lagrimas. Abracé fuertemente a los dos niños.
-Niños venid aquí de inmediato, no desobedezcáis. ¡¡Ratteht, Asenath!!
Las cuidadoras se quedaron petrificadas en medio de la entrada al pasillo.
-Se… S…Señora Inaya- Las dos agacharon la cabeza- Ruego nos disculpe- Señora.
 -Ratteht, Asenath vamos, tenéis que hacer vuestras prácticas- Las dos mujeres cogen a mis hijos de los brazos.
-No, dejadles aquí, yo me ocupare de que hagan sus quehaceres.
-Está bien señora-Las dos mujeres se van.
Los tres nos quedamos solos, los abrazo fuertemente. << Mis hijos, mis queridos hijos, fruto de violaciones y maltratos>> Pero no por eso les voy a echar la culpa, pienso en todos estos años, llenos de agresiones, insultos etc.
Más lágrimas caen por mi rostro.
-¿Mamá, porque estas llorando?- Miro aquellos ojos azules, tan bellos como los míos, incluso más aun, beso su cabeza rapada al cero, y suavemente le recato la coleta lateral de pelo negro intenso.
-Asenath, cariño no estoy llorando, vamos se está haciendo tarde.
El cielo quedaba completamente a merced de la oscuridad. Una estrella brillaba sobre todas las demás.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Capítulo I

Una princesa excelente.
        
Todos mis súbditos detrás de mí,  con una demostración de mi poder, abrí fuertemente la puerta de la sala donde estaban reunidos todos los altos cargos de Egipto, incluido el padre de mis 2 hijos, y el faraón, su abuelo.
Todos se levantaron cuando entre, una fina vestidura blanca casi transparente dejaba ver mi cuerpo escultural, mis pechos grandes y tersos, y dos grandes piernas, propia de una diosa, y mi pelo decorado con motivos florales tallados en plata y oro, con pequeños rubís, se hondeaba con la suave brisa, que corría en aquella época del año, mis ojos azules resaltados con una gran raya negra de khol, típica egipcia, hipnotizaban a quien se atrevía a mantenerme la mirada,  por este motivo, me llamaban la Sangrienta,  aunque yo nunca había derramado una sola gota de sangre, miles de hombres, y mujeres lo habían hecho, sus causas eran variadas, pero casi todos era porque mis ojos y mi cuerpo  impedían que yo obtuviera como respuesta un no.
         El príncipe se levanto para dejarme su asiento, jamás se podría a ver hecho esto, pero yo mandaba sobre todos, incluido sobre los dioses.
-Inaya, ¿Qué opinas sobre la agresión de los libios?- me preguntó el emperador.
-En mi opinión ¡¡deberíamos masacrarlos a todos!!! ¡¡¡ No se merecen perdón!!- todos en la sala rieron, yo les mire fijamente a cada uno de ellos. Callaron, mis miradas helaban la sangre, eso era lo que decían.

El sol fue cayendo lentamente sobre las tierras  de Egipto,  a la vez que la reunión llegaba a su fin.
Me levanto, salgo de la sala y me dirijo hacia mis aposentos.
Recorro los largos  pasillos de palacio, siempre con dos guardias a mi espalda y tres consejeros. Giro a la derecha para salir a un pasillo abierto que deja ver la puesta de sol reflejada en el Nilo, allí a lo lejos, el cielo cobra un color rojizo y las aves vuelan libres. Una lágrima se cae por mi mejilla lentamente, debajo de toda esa mascara decisión y  sangre, se encontraba aun escondida la niña que anhelaba su casa, su pequeño arrollo su pequeño bosque, su pequeño gran mundo, el gran mundo imaginario de una niña.
-Dejadme sola- les digo a la cuadrilla que estaba detrás mía. Ellos se marchan, me apoyo sobre el arco, que dejaba ver el horizonte…
Poco a poco me llegaban recuerdos de mi infancia, la infancia en las montañas.
A  mi derecha, dentro de palacio, se oyen unas voces, de niños, rápidamente me seco mis lágrimas. Poco después entran dos niños pequeños al pasillo donde me encontraba.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Preludio.

Parte II
         Estaba anocheciendo, y frente a mi casa se alzaba un pequeño campamento militar, mi padre les convenció para que estuviera un día más junto a mi familia,  ellos accedieron, no sin amenazas e insultos.

Me encontraba sentada en la orilla del rio, observando aquel maravilloso paisaje, me preguntaba cómo era posible que en un solo día la vida cambie tanto, no puede ser bueno, aparatarte de tu familia, de tus sentimientos, de todo lo que conoces, no me merecía todo esto.
Mi madre se acerco hasta donde yo estaba,  me puso la mano encima del hombro y se sentó a mi lado, llevaba consigo un paquete envuelto el tela de Mesopotamia, por lo que debía ser muy antiguo, si de algo sabía yo era de historia, mi madre me contaba miles y miles de historias, cuando era pequeña, las dos nos tumbábamos en la hierba húmeda de la noche, y mientras observábamos las estrellas ella me contaba impensables e inimaginables historias sobre la historia, y la Magia.
Aquel paquete sin duda era de contenido místico. Mi madre me lo puso sobre el regazo.
-Ábrelo- la obedecí, la curiosidad me mataba, al desatar el cordel que mantenía todo el envoltorio cohesionado salió una gran nube polvo ¿desde cuándo no se abre este paquete?
Era un libro, de pequeño tamaño no llegaba a las 100 páginas, por lo que su grosor era reducido. En la portada del libro había unos jeroglíficos, que venían a significar -El libro de la Vela Negra-
Cuando lo fui a abrir, mi madre puso la mano encima del libro.
-Ábrelo cuando llegue el momento, en que estés en peligro.
-Pero… madre ¿Qué contenidos hay en el libro?
-No hace falta que lo sepas, solo que te salvaran la vida, por ello no lo abras en vano.
La noche se cernía sobre nuestras cabezas, miles de puntos brillantes titilaban en el vasto océano negro llamado cielo.
Me recosté sobre el regazo de mi madre, ella suavemente, como siempre hacia me tocó el pelo. Lentamente me sumí en mis pensamientos y me fui dejando envolver por una encantadora sensación de seguridad, que me llevó a un sueño profundo y placentero.
Al despertarme con los primeros rayos de luz, vi a mi padre discutiendo con los militares, ellos insistían en que me despertaran y me fuera de inmediato, pero mi padre, en un afán imposible de  retenerme en nuestra casa, segura de todo el mundo gritaba y gesticulaba para que esperasen hasta que  me despertara.
Mi padre entró seguido de cuatro militares, al verme acurrucada en la cama, llorando desconsoladamente, se le cayó el alma a los pies. Se acerco a mí, y comenzó a besarme la frente, me dijo que se acabaría rápido, que en palacio tendría una vida mejor, y que algún día seria la esposa del faraón, que aprovechara esta oportunidad para hacer grandes cambios.
Y con todas esas ideas en la cabeza, y con en el dulce recuerdo mi familia, cogí mis escasas pertenencias, y me subieron a un carruaje tirado por 5 caballos.
Evadiendo la imagen de mi familia con una gran nube de polvo y tierra.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Preludio.

Parte  I                         


Mi familia y yo vivíamos en las montañas, lejos de Tebas, nadie pasaba por allí.  A los pies de esa montaña se hallaba un pueblo, nosotros íbamos hasta allí para comprar provisiones, aunque nunca nos faltaba la comida, puesto que mi padre era un gran cazador con el palo arrojadizo, enseño a mis dos hermanos en este arte, Hamza y Firas, el mayor y el menor respectivamente.
Todos en el pueblo decían que yo era la más hermosa de las mujeres entre todas las de Egipto, me llamaban Inaya de Loto. Todos los días me dirigía hacia el rio y me quedaba durante horas mirando mi reflejo en el agua, yo no veía mi hermosura.
Sí, era más hermosa que otras mujeres, a pesar de mi inmadurez, puesto que tenía 5 años. Por más que buscaba no encontraba mi belleza a pesar de que se fue haciendo más aparente aun, a los 9 años, mirándome en el rio, me di cuenta de que sí, era hermosa, no tenía ni una pizca de maldad, no estaba corrompida por los pecados, y mi corazón pesaría menos que la pluma que la verdad.
El nombre de Inaya  de Loto llego hasta los oídos del faraón, y como faraón, debía tener todo lo mejor en su poder.
Un día de primavera,  mientras yo estaba tumbada en medio del campo que  había detrás del rio, escuche el inconfundible sonido de los cascos de los caballos chocando contra la montaña, eran muchos, fui corriendo a mi casa.
Estaba emocionada, intrigada. Corrí a toda prisa por un camino secundario, aquel camino se alzaba por encima del que iban los caballos, ¡El sello Real!, me emocioné aun más si cabe y fui corriendo a toda velocidad  hacia mi casa.
Cuando llegué mi madre se encontraba en la cocina. Entre gritando.
-¡¡Padre, madre!! El faraón ha venido a visitarnos- Tome aliento, y mi madre se acerco y me golpeó la cara con la mano llena de sangre de los patos que estaba destripando, toda mi cara se quedo llena de la sangre reseca.
-No digas mentiras, vas a ofender a todos los dioses, niña estúpida- Mi padre apareció por la puerta trasera con mis dos hermanos.
-¡¡Pero es cierto!! … los he vistos- Otra bofetada me golpeo ensuciando nuevamente mi rostros, parecía una niña fea y sucia, otra cualquiera, la diferencia entre una bofetada y otra, fue la fuerza, la ultima había sido propinada por mi padre, lo cual hacia que hubiera sido mucho más fuerte. Las lágrimas afloraron en mis ojos, pero no llore, si algo era yo,  es orgullosa.
-¡¡Es cierto, venid!!- Toda mi familia me siguió, salimos de la casa, y esperamos a que aparecieran. Una nube de polvo y arena se alzaba por el camino principal. El ruido de los cascos de los caballos se hacía cada vez más  fuerte.
Miré hacia mi madre, se estaba atusando el pelo, mi padre se colocó bien los ropajes sucios y harapientos que llevaba, y mis dos hermanos… en fin, como siempre Hamza estaba molestando a Firas, mientras este estaba pensando en sus cosas, Firas era un pensador, siempre se enteraba de todo, era muy listo, sin embargo Hamza era todo lo contrario, solo sabía de pelear con los demás niños, el tenía muy claro lo que quería ser, Capitán General de La Guardia del Faraón.
Yo reí, y me puse detrás de mi padre. Los caballos pararon y los caballeros que iban en ellos se acercaron a nosotros.
-Buenos días- Era un anciano encorvado pero con cara de sabio, su capa de piel de guepardo denotaba su importancia en la corte, era el Sumo Sacerdote del Faraón- ¿Es aquí donde vive la tal Inaya de Loto?
-Sí, mi señor- Dijo mi padre bajando el rostro-¿Cual es la enorme honra que os trae hasta nuestra humilde casa?- Todos el séquito de el sumo sacerdote y él incluido se pusieron a reír.
-¿A eso le llamáis casa? Yo diría más bien cuadra, o cochiquera, ¿no creéis?
Silencio.
-El faraón quiere que su hijo despose a esa niña, enseñádmela.
-Pero mi señor el hijo de faraón tiene 22 años y mi hija tan solo tiene 9 años.
-¿Osas enfrentarte a las ordenes del faraón?- El sonido de las espadas al friccionar con sus vainas hizo de amenaza para que mi padre respondiera.
-No, nada más lejos de mi intención mi señor.
-Pues mostrádmela.
-Inaya- Mi madre me dio un pequeño empujón para que reaccionara. Me dirigí al frente, y me acurruque junto a mi padre, este me paso el brazo por encima, con afán protector.
El sumo sacerdote se bajó del caballo, y se adelanto, me cogió mi mano, y me adelanto aun más, estábamos los dos solos en el medio. Me cogió la barbilla, y me alzó la cara. Baje la mirada.
-Tiene la cara sucia, ¡mujer trae un poco de agua para que se lavé la niña!-Mi madre entro en la casa y salió con un barreño lleno de agua, lo puso a mi lado, y se marcho con mi familia, todos estaban mirándome esperando ver la belleza legendaria de Inaya de loto, historias de mi belleza habían recorrido todo Egipto.
         -Lávate.
Me lavé la cara, y el hombre me volvió a coger por la barbilla.
Esta vez se quedo mirándome fijamente.
         -Alza el rostro y mírame.
Hice caso, el  hombre me retiro el pelo del rostro y se quedo fascinado con mis ojos azules como el oro azul egipcio.
         -Fascinante. Nos la llevamos de inmediato esta misma noche, Princesa Inaya recoge  tus enseres, nos vamos.